Que Buscando a Dory sea posiblemente la secuela de Pixar más esperada porque el filme precedente se perciba, quizá, como el mejor del estudio, o el que más interiorizaron los espectadores cuando llegó a las salas de cine, no parece una idea muy descabellada al saber que ha sido el estreno animado más exitoso de la historia en Estados Unidos. Y es imposible que los que han tenido oportunidad de verla se hayan decepcionado porque, ya en el mismo comienzo, en el que sólo oímos una voz encantadora, la película nos atrapa con brío, y durante su impoluta y conmovedora secuencia inicial, que causa escalofríos de puro gusto por tanto que habíamos esperado volver a ver novedades sobre Dory, somos conscientes de que ni nos va a soltar ni queremos que nos suelte de ninguna manera.
Si Buscando a Nemo se reveló, sobre todo, como un viaje oceánico en busca del pececillo desaparecido, en el que las curiosidades del mar se aprovechaban para apuntalar el devenir de la aventura, su continuación es un viaje triple: por un lado, a lo largo de unas instalaciones humanas dedicadas a la exhibición y el tratamiento de la vida marina; por otro, el de un pulpo llamado Hank y la elección de sus prioridades; y además y muy especialmente, el de la misma Dory a través de sus recuerdos furtivos, que son lo que la incita a moverse en busca de su familia, y de la consciencia de quiénes en verdad la componen.
Se ve con claridad que les ha salido más trepidante que su predecesora pues, si bien la ansiedad de Dory por hallar a sus familiares se equipara a la que tenía Marlin por dar con Nemo, los interludios dialogados y de piezas humorísticas son más breves entre secuencia y secuencia de acción, y el tramo final alarga bastante más la trepidación y el desasosiego debido a las peripecias que se encadenan, y su clímax, con un tratamiento inesperado, de veras que sabe a gloria. De la absoluta brillantez en las técnicas de animación de Stanton y Pixar, que aquí incluyen algún sorprendente plano subjetivo, a estas alturas no podemos dudar; se presupone, se da por hecho que no nos defraudarán en ese sentido y, faltaría más, no lo hacen.
Si algo podemos lamentar de esta agradecida secuela, algo que tenga un peso considerable como para ser apuntado, es que los golpes cómicos sólo dan en el centro del blanco y consiguen que el espectador se eche a reír en determinadas ocasiones. Por lo general, se contemplan con una sonrisa más o menos embelesada y entusiasta, pero su ingenio es visiblemente inferior al de los que nos hacían despepitarnos en Buscando a Nemo. Las escenas de los leones marinos, por ejemplo, no se pueden comparar con las de las gaviotas de la primera película, siendo que ambas recurren al comportamiento de estos animales y “explican” los sonidos que emiten para generar humor.
Además, realmente no contribuye con ninguna nueva sátira social ni tan siquiera absurda, como las que vimos en el encuentro de los tiburones o la organización de escapistas del acuario en el filme precedente. Sin embargo, pisa fuerte en otro de los terrenos que son la especialidad de este estudio de animación, el de lo emotivo, y Stanton y MacLane son capaces de retener muy pronto nuestra empatía y zarandear nuestros sentimientos siempre que se lo proponen. Porque la fuerza emocional de Pixar permanece intacta.
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